UN AMOR
SACRIFICADOR E INEFABLE
“Del
Hijo de Dios, el cual me amó, y se entregó á
sí mismo por mí”
(Gálatas 2:20).
Sabemos que el amor de Dios es sin medida porque es
ETERNO, así como Él mismo es: Aquél quien es Dios “desde el
siglo y hasta el siglo” (Salmo 90:2)
puede decir á cada uno
de los de Su pueblo: “Con amor eterno te
he amado” (Jeremías 31:3); y así que tenemos la
seguridad que nada en toda
la creación “nos podrá apartar del amor
de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro”
(Romanos 8:39). Pero, ¿saben
lo que hace el amor de Dios más allá de medida para
mí? No es sólo que Él me
amó desde la eternidad, pero que Él me amó
tantísimo, ¡que estaba dispuesto
para venir del cielo y hacerse hombre para darse á sí
mismo como Sacrificio por
mis pecados! ¡La maravilla de todo ello es que aún
consideró de hacerlo por mí!
Oh, toda alabanza y gloria sea para Él por amarme, aún
aunque soy tan
desamable; y acciones de gracias en abundancia por darse á
sí mismo para morir
en la Cruz por mis pecados cuando tenía toda razón por no
hacerlo, otro que la
grandeza de Su amor para mí. ¿No dirías tú
también que esto es verdad de ti, mi
amado hermano e hermana en Cristo? ¡Qué prueba más
grande puede uno dar al
quien ama, si no es estar dispuesto de entregar todo por el quien es
amado!
Aquí vemos, en nuestro texto, la grandeza del amor del
Señor Jesús para uno de
los de Él. Pero, oh, ¡la maravilla de ello es que no es
sólo un amor abstracto!
No, es concreto, es experiencial, y es práctico.
Una
tarde que estaba orando, fue impresionado sobre mi corazón y
pensamiento la terribilidad de mi vida pecaminosa. En confesar mis
pecados, fui
recordado que cuando el Señor Jesús murió en la
Cruz del Calvario, Él “mismo llevó (mis)
pecados en su cuerpo
sobre el madero” (1 Pedro 2:24). Entonces en recordar mis pecados,
las
lágrimas corrieron de mis ojos, al ver toda mi inmundicia y
depravación puesto
sobre el cuerpo de mi precioso Salvador para que yo pudiera ser
perdonado de
todos mis pecados. Pero también recordé, que el Padre
quien “muy limpio (es) de ojos para ver el mal, ni
puede ver el agravio” (Habacuc 1:13), cuando vio mis pecados sobre
Su Hijo
amado en la Cruz, en vez de hacer conmigo “conforme
á (mis) iniquidades”, y de pagarme “conforme
á (mis) pecados” (Salmo 103:10), Él le dio Su espalda
á Su Hijo, causándole
en exclamar, “Dios mío, Dios mío,
¿por
qué me has desamparado” (Mateo 27:46)? Y, ¿por
qué? Porque Él “me amó, y se
entregó á sí mismo por mí”.
Oh, mi Señor, ¡qué este recuerdo haga mi
corazón tierno á las cosas de Dios; y
de ser lleno con amor para que yo te ame, porque Tú me amaste
primero! Amén.