Somos seres racionales; y, como tales, el deseo para la ciencia es natural á nosotros. En la niñez temprana, cuando cada nuevo objecto de interés viene á nuestra noticia, preguntamos quién lo hizo; y en el avanzar en los años, la misma curiosidad nos acompaña, y nos impulsa á investigar las fuentes de conocimiento que siempre se nos ábre delante de nosotros. Los brutos podrán mirar con indiferencia á las obras de Dios, y pisotear debajo de pie las producciones de la ingeniosidad humana, sin inquirír de su orígen; pero los hombres racionales no pueden actuar en esa manera sin violencia á los primeros principios de su naturaleza. Entre los objectos que han ocupado un gran lugar en el pensamiento humano, y la cual demanda nuestra consideración, la BIBLIA es conspicuo. Su antigüidad; la veneración con la cual ha sido detenida, y continúa de ser por una gran parte de la humanidad; y la influencia que manifiestamente ha ejercido en la conducta y felicidad de ella, son suficientes, si no para despertar las emociones más altas, a lo menos para atraér nuestra curiosidad, e excitar un deseo para conocer su orígen y carácter verdadero.
Somos seres morales. La Biblia viene á nosotros como una regla de conducta. La demanda que es erigida por ella es, que es la norma más alta de morales, admitiendo ningúna apelación de sus decisiones. Por lo tanto, estamos debajo las obligaciones más fuertes para examinar el fundamento de esta reclamación.
Somos, si la Biblia es verdad, seres inmortales. Filósofos paganos han conjeturado que el hombre es inmortal; y los infieles han profesado de creerlo; pero si excluímos la Biblia, no tenemos ningunos medios de un conocimiento cierto sobre este punto. Si somos inmortales, tenemos intereses mas allá de la sepultura los cuales exceden infinitamente todos nuestros intereses en la vida presente. Entonces, ¡qué necedad es de rechazar la única fuente de información sobre este tema momentuoso! Además, si tenemos tales interéses en un mundo futuro, no tenemos ningunos medios de saber como asegurarlos, excepto de la Biblia. ¿Hemos de tirar de nosotros este libro, y confiar en conjecturas vanas, sobre cuestiones en las cuales está envuelto el todo nuestro? Sería necedad y locura.
Vamos entonces ha inquirir, ¿De dónde viene la Biblia? ¿Es del cielo, o de los hombres? Si es de los hombres, ¿es la obra de hombres buenos, o de hombres malos?
Si los hombres malos hubieran sido los autores de la Biblia, la hubieron hecha á su agrado. Si hecha para agradarles, le agradería a otros hombres del mismo carácter. Pero no es un libro en la cual se deleitan los hombres malos. La aborrecen. Sus preceptos son muy santos; sus doctrinas muy puras; sus denunciaciones encontra toda clase de iniquidad muy terribles. No es de todo escrita según el gusto de tales hombres. Hay hombres quienes aprecian la Biblia; quienes ojean sus páginas con deleite; quienes tienen recurso á ella en todos sus perplejidades y tristezas; quienes buscan sus consejos para guiarlos, y sus instrucciones para hacerlos sabios; quienes estiman sus palabras más que el oro, y quienes festejan en ellas como el alimento más dulce para ellos. Pero, ¿quiénes son estos hombres? Son aquellos quienes detestan todo engaño y falsedad, y quienes este mismo libro ha transformado de hombres de iniquidad y vicio, á hombres de pureza y santidad. Por lo tanto, es imposible que la Biblia ha de ser la obra de hombres malos.
Queda que la Biblia tiene que ser, o del cielo, o de hombres buenos. Tan pura una corriente no puede proceder de una fuente corrupta. Si es de hombres buenos, no nos engañarían voluntariamente. Entonces, miraremos a la cuenta que nos han dado de su orígen: " Toda Escritura es inspirada divinamente" (2 Timoteo 3:16). "Lo que os escribo...son mandamientos del Señor" (1 Corintios 14:37). "Tenemos también la palabra profética más permanente, á la cual hacéis bien de estar atentos como á una antorcha que alumbra en lugar oscuro hasta que el día esclarezca, y el lucero de la mañana salga en vuestros corazones: Entendiendo primero esto, que ninguna profecía de la Escritura es de particular interpretación; Porque la profecía no fué en los tiempos pasados traída por voluntad humana, sino los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados del Espíritu Santo" (2 Pedro 1:19-21).
Quizas puede ser objectado en usar estas citaciones, en permitir que la Biblia hable por sí misma; pero esto no es un proceder sin precedente. Si un extranjero pasaría por nuestro vecindario, y deseamos en saber de dónde venía, no sería inatural de proponer la pregunta al hombre mismo. Si había en él señales de honestidad y simplicidad de carácter, y si después de nuestras investigaciones de much cuidado pareciera que no tenía ningún designio malo para cumplir, y ningún interés de promover en engañarnos, debíamos de confiar en la información que derivamos de él. Tal extranjera es la Biblia; y, ¿por qué no podemos confiar en su testimonio de si misma? No; no es una extranjera. Aunque reclamando un orígen celestial, ha morado por mucho tiempo en la tierra, y ha entrado y salido entre nosotros, un compañera conocida. Hemos sido acostumbrados en oír sus palabras; y las hemos conocida en ser probadas con cada suspecha, y cada escrutinio, y ninguna falsedad ha sido descubrido. Mas, ha sido entre nosotros como una maestra de verdad y sinceridad; y la verdad y la sinceridad ha abundado lo mismo en proporción como sus enseñanzas han sido atendidas. Los hombres viejos de engaño se han retirado de su escrudiñar, y temblado a sus amenanzas; y los jovenes han sido enseñados por ella en quitarse de toda mentira e hipocresía. ¿Puede ser que la Biblia misma es una engañadora y impostor? ¡Imposible! Tiene que ser, lo que reclama ser, un libro del cielo - el Libro de Dios.
La verdad que la Biblia es de Dios, no solo es testificado por los hombres inspirados quienes la escribieron, pero es establecida por muchas otras pruebas decisivas, algunas de las cuales procederemos a considerar:
El orígen Divina de la Biblia es probado por el CARÁCTER DE LA REVELACIÓN que contiene.
El carácter de Dios, como exhibida en la Biblia, no puede ser de orígen humano. Sabemos qué clase de dioses el hombre hace; porque los han multiplicado sin número. Los esculpan de pedazos de madera y piedra, y los adoran con una adoración estupida; pero esta no es la idolatría abominable y más degradada de las cuales son culpables. Sus imaginaciones vanas formaban dioses más viles que estas. Los pedazos de madera y piedra podían tomar la forma de aves, quadrúpedos, y serpientes; pero las deidades que derivaban sus orígenes de las imaginaciones de los hombres tenían pasiones y propensidades que son bestiales, y aún peores que bestiales. Tales son los objectos que adoraban con una devoción costosa y laborosa. Deja cualquier hombre que visite los templos de los paganos, observar sus ceremonios horribles, y estudiar el carácter de sus dioses; y luego dejalo decir que si estos dioses, y el Dios de la Biblia, son del uno orígen común.
Algunos impugnadores podrán alegar que las deidades a las que nos referimos son de tríbus bárbaros. ¿Luego qué? ¿Eran los dioses de las naciones más civilizadas mejores que estas? ¿Qué eran las divinidades que eran adoradas por los Romanos y Griegos antigüos, aún por sus sabios y filósofos, cuyos talentos y genios han sido admirados en cada edad? Júpiter, su Optimus Maximus, el mejor y el más grande, era un monstruo de crimen; y Venus, Baco, Mercurio, Marte, y el resto de sus deidades, eran sus compañeros idóneos. Eran patrones e ejemplos de vicio. El infiel Rousseau ha dibujado correctamente su carácter. "Alza tus ojos sobre todas las naciones del mundo, y todas las historias de las naciones. Entre tantas superstituciones absurdas e inhumanas, entre esa diversidad prodigiosa de maneras y carácteres, hallarás en donde quiera los mismos principios y distinciones de morales buenos y malos. En verdad, el paganismo del mundo antigüo produció dioses abominables, quienes en la tierra serían evitados o castigados como monstruos, y quienes sólo ofrecían crimenes para cometer y pasiones para saciar como un cuadro de la felicidad suprema. Pero el vicio, armada con esta autoridad sagrada, bajó en vano desde la morada eterna; ella halló en el corazón del hombre un instinto moral para repudiarla. La continencia de Xenocrates era admirado por aquellos quienes celebraban las disoluciones de Júpiter - la casta Lucretia adoraba á la lascivia Venus - el Romano intrépido sacificaba al Temor. Él invocaba el dios que había destronado a su padre, y murió sin murmullo por la mano de los suyos. Las divinidades más despreciables eran servidos por los más grandes de los hombres. La santa voz de la Naturaleza, más fuerte que la de los dioses, se hizo oír, y respetada, y obedecida en la tierra, y parecía desterrar como si fuera al destierro del cielo, la culpa, y los culpables". (Brown's Philosophy of the Human Mind, vo..iii. p.138.)
Ahora, pasa al Panteón, y estudia el carácter y las obras de las deidades inumerables de Roma. Después que la infidelidad ha reconocido que son monstruos, más viciosos que los hombres, y que envían una influencia corruptora entre la sociedad humana, invitala á estudiar el carácter de Jehová, el Dios de la Biblia, un Espíritu, cuya forma no puede ser representado; un Ser cuyos ojos no pueden mirar la iniquidad, quién es glorioso en santidad, temeroso en alabanzas, y haciendo amarvillas; y quién requiere en ser adorado en la bellaza de la santidad. Déjala estár con Moisés en la abertura de la roca, y oír al Señor proclamar su nombre: "Jehová, Jehová, fuerte, misericordioso, y piadoso; tardo para la ira, y grande en benignidad y verdad; Que guarda la misericordia en millares, que perdona la iniquidad, la rebelión, y el pecado, y que de ningún modo justificará al malvado" (Exodo 34:6,7). De seguro ella inclinará su cabeza con reverencia, y confesará, esta es la voz de Dios.
La cuenta de la vida y el carácter de Cristo que es dada en los evangelios, no es una ficción de invención humana. La introducción del Cristianismo, su existencia en el mundo, las persecuciones que ha encontrado, su propagación a pesár de la oposición, y la influencia que ha ejercitado sobre las naciones y gobiernos, son todos entretejidos con la historia de los últimos mil-ochocientos años, que toda la historia ha de ser dudada, si estos son fábulas. La evidencia que había tales hombres como Alejándro y Julio César, no es tan abundante e indisputable como que Jesucristo apareció al tiempo y en el lugar como declarado en los evangelios. Las cuentas de su vida, padecimientos, y muerte, dadas por Mateo, Marcos, Lucas, y Juan, nos vienen con todas las marcas de una historia auténtica. Ninguna señal de fraude puede ser descubrida en los narrativos. La simplicidad admirable de los escritores, la sinceridad de ellos en relatár las faltas y debilidades de sus propios carácteres, la sencillez de ellos en describir las virtudes sublimes del Maestro suyo, y en registrar sus obras estupendas, y la manera desapasionada en la cual describían el tratamiento cruel que él recibió de sus perseguidores y asesinos; todas estas consideraciones ponen la verdad de sus narrativos fuera de cuestión. Añade á todo esto, que ellos tenían suficientes medios de conocer la verdad de los hechos cuales habían registrado; que ellos confirmaban la sinceridad de su fe en padecer tórturas y muerte; y que aquellos que recibieron el testimonio de ellos, y lo transmitieron á nosotros, testifican de la fe de ellos en él por el mismo padecimiento. Ningunos otros hechos en la historia del mundo tienen una evidencia tan fuerte. Pero si esta evidencia puede ser rechazada, una dificultad insuperable todavía permanece. Es imposible de dar cuenta por la existencia de los evangelios sobre cualquier otra suposición, que ellos son lo que profesan ser, delineaciones verdaderos de un carácter real. Los autores eran encapaces de concebir tal ficción. Aun tales hombres como Virgil e Homer eran encapaces de tal esfuerzo. Ellos podrían concebir y describir tales carácteres como Aeneas y Ulysses, pero no un tal carácter como Jesucristo. Además, la erudición del mundo era colocada encontra el Cristianismo; y á los pescadores humildes e ignorantes era asignado la taréa de registrar la vida y obras de Jesús de Nazaret. Que tales hombres pudieran transmitír á edades sucesivas una ficción como esta, es increíble - imposible. Otra citación de Rousseau mostrará la influencia predominante de estas consideraciones en la mente de un infiel: "Yo confesaré además de eso, que la majestad de la Escritura me impresiona con admiración, según la pureza del evangelio tiene su influencia en mi corazón. Lee las obras de nuetros filósofos, con toda su pompa de dicción, - ¡qué inferior! - ¡qué despreciable! - son ellas, comparadas con las Escrituras! ¿Será posible, que un libro de una vez tan simple y sublime ha de ser meramente la obra de hombre? ¿Será posible que el personaje santo cuya historia contiene ha de ser el mismo un mero hombre? ¿Hallamos que él tomó el porte de un fanático o de un sectario ambicioso? ¡Qué dulzura, qué púreza en su manera! ¡Qué gracia tierna en su entrega! ¡Qué sublimidad en sus maximos!¡Qué sabiduría profunda en sus discursos! ¡Qué presencia de mente! ¡Qué sutileza! ¡Qué verdad en sus contestaciones! ¡Cuán grande la dominación sobre sus pasiones! ¿Dónde está el hombre, dónde el filósofo, que pudiera tal vivir y morir, sin debilidad y sin ostentación? ¿Debemos de suponer que la Historia Evangélica ser una mera ficción? En verdad, amigo mío, no lleva las señales de una ficción. Al contrario, la historia de Socrates, la cual nadie presume en dudar, no es tan bien atestiguada como la de Jesucristo. Los autores Judíos eran encapaces de la dicción, y extranjeros á la moralidad contenida en los evangelios; las señales de cuya verdad son tan impresionantes e invincibles, que el inventor sería un carácter más asombroso que el héroe". (Fuller's Works, vol.ii. p.69.)
Si los evangelios dan una cuenta verdadera de Jesucristo, él era un maestro desde el cielo; y ambos la doctrina cual él enseñaba, y las Escrituras, á las cuales frecuentamente él apelaba como de autoridad divina, son de Dios.
El método de salvación revelada en la Biblia no es un plan humano. La predicación de Cristo crucificado era para los Judíos tropezadero, y para los Griegos locura, no obstante, la salvación por la Cruz es la particularidad grandiosa del evangelio. Si el Cristianismo fuera sido una fábula planeada astutamente, una doctrina tan ofensiva á la humanidad no hubiera sido hecha prominente en el esquema. Hasta este día, hombres de intelecto soberbio y corazón corrupto rechazan la doctrina de salvación por la obediencia y padecimiento de otro. Para los humildes y contritos, oprimidos con un sentido de pecado, y buscando, de los bordes de la desesperación, algún método divino de escape de la ira venidera, esta doctrina es recibida con agrado tres veces; pero los humildes y contritos no son los hombres que defraudan al mundo con una sistema forgada de religión.
Las BENDICIONES que la Biblia confiere sobre la humanidad tienen su orígen en la Benevolencia infinita.
Compare la condición de aquellas naciones donde el Paganismo reina, con aquellas de las naciones donde las formas más corruptas del Cristianismo existe, y hallará que el posterior es preferible. Instituya otra comparación entre estos, y las tierras donde prevalece una Cristianismo más puro, y donde la Biblia, en vez de ser detenida de la gente común, es abierta para leer por todos, y percibirá un mucho mejor estado de la sociedad humana, donde el Sagrado Libro es bien conocido. Compare, otra vez, en estas tierras más favorecidas, las famillias donde la Biblia es menos apreciada, con aquellas en las cuales sus doctrinas son reverenciadas y sus preceptos obedecidos, y será sensible que una influencia celestial penetra los posteriores. Pero aun en tales familias como estas, frecuentemente hay una diferencia extensa de uno al otro en miembros individuos. Aunque todos podrán adorar en el mismo altar, y leer la misma Biblia, algunos solamente tienen la palabra de verdad en sus labios, mientras otros la tesoran en lo profundo de sus corazones, y la hallan más dulce a su gusto que la miel y el panal. ¡Qué elevación de carácter, qué bienaventuranza inmaculada y pura se regocijan los posteriores! Toma, por lo último, un individuo de la última clase más favorecida, y compare los momentos diferentes de su vida - aquellos en los cuales la Biblia es menos apreciada, con aquellos en las cuales se festeja con sus verdades y promesas, y experiencia un gozo inefable y glorificado, mientras recibe la palabra divina en su corazón; y tendrás una mirada plena de la influencia bendita que la Biblia puede impartir. Sabemos que el sol es una fuente de luz y calor, porque todo es obscuridad y frío cuando sus rayos son ausentes; y la luz y el calor se hallan en aumentar al acercarnos más cercas á él. Precisamente así es con la Biblia. Del Paganísmo obscuro y frío, donde la Biblia no es conocida, al santo en sus devociones más maravillosas, cuando tiene el gozo anticipado más dulce del cielo que los mortales en la tierra se pueden regocijar; la luz de la verdad cual llena el entendimiento, y el ardor de amor que arde en el corazón, produce una proporción exacto a la proximidad de la Biblia. Si el sol, el cual ilumina el mundo material, es la obra de un Creador benévo, mucho más podemos ascibir a la misma benevolencia al orígen de la Biblia, la fuente de la iluminación espiritual.
Habiendo comparado la Biblia al sol, sería una ocasión apta para notar que ambos estas luces tienen sus obscuridades - la Biblia sus obscuridades, y el sol sus manchas. El Deísta podrá cavilar en el uno, y el Atéo en el otro; pero las cavilaciones de ambos son iguales absurdos e inútiles. Porque hay manchas en el sol, ¿concluiremos que Dios no lo hizo, o que no es una bendición á la humanidad? No obstante, esta conclusión no sería más irracional que en negar que Dios es el autor de la Biblia, o que la Biblia es una bedición al mundo, porque hay obscuridades halladas en sus páginas. Suponemos que es admitido que hay manchas en el sol, y las obscuridades en la Biblia son imperfecciones, ¿es Dios el autor de nada en que existen imperfecciones? Si todo material, y todo humano, sea marcado con imperfección, ¿no puede Dios todavía glorificarse a sí mismo con cosas materiales y humanas? La nueva Jerusalen no necesita un sol material para que la ilumine, porque la gloria de Dios y del Cordero es la luz de ella; pero Dios ha fijado el sol en el firmamento para que ilumine este mundo de materia; y el sol en el firmamento, con toda sus manchas, declara la gloria de su Hacedor. Así que Dios podrá hacer una revelación de sí mismo a las inteligencias puras del cielo en un lenguaje libre de la imperfección humana; pero cuando Él habla á los mortales en la tierra, Él usa el lenguaje de mortales; y sea lo que sea la imperfección del medio, esta revelación de Dios manifiesta su gloria en la luz más brillante en la cual los ojos humanos la pueden ver.
Pero, ¿han de ser las manchas en el sol y las obscuridades en la Biblia contadas como imperfecciones? La luz del sol es pura y abundante; y si era deficiente, la deficiencia podrá ser suplida tan bien por engrandecer el sol, como en quitar sus manchas. Por lo tanto, sería tan racional en quejarse que el sol no es más grande, como en quejarse que hay manchas en su disco. En la misma manera, la luz de la Palabra de Dios es pura, y suficiente para hacer a los hombres sabios para salvación; y podíamos tan bien quejarnos que la Biblia no es más grande, como tanto que contiene obscuridades. Además, las obscuridades de la Biblia podrán tener un uso para beneficio. Si, como algunos astrónomos suponen, las manchas solares son el cuerpo del sol, vistas por las partidas de su atmósfera luminoso, apenas han de ser juzgadas imperfecciones; mucho menos han de ser asi consideradas, si son ellas corrientes de gases subiendo la atmósfera del sol, y difundiendose a si mismo para hacerse combustible para la lámpara del día. Según al hipótesis posterior, las manchas son tan lejos de ser imperfecciones como son las nubes que en veces oscurecen nuestro cielo, pero las cuales son las fuentes ricas de la fertilidad de la tierra y los graneros de nuestro pan. Así que algunas de las obscuridades de la Biblia son las profundidades de Dios, vistas por medio de la luz de la revelación - el misterio inescrutable de la naturaleza divina apareciendose por medio de la luz con la cual se ha vistido. Otros misterios son, en el proceso del tiempo, disispados; y como nubes que reventan, derraman una bendición. Era un misterio "que los Gentiles sean juntamente herederos, e incorporados, y consortes de su promesa en Cristo por el evnagelio" (Efesios 3:6); pero en el tiempo debido éste misterio fué explicado, y la nube reventada derramó la bendición más rica sobre todo el mundo Gentíl. La dispensación del Antigüo Testamento era obscura abundando con sombras de buenas cosas venideras; pero desde que el Sol de justicia ha salido, los lugares obscuros han sido iluminados, y son llenos de instrucción. Profecías ha sido proclamadas en lenguaje obscuras; pero el cumplimiento de ellas las han interpretado. Algunas obscuridades han dado ocasión al infiel de atacar la Biblia con contradicciones; pero una examinación cuidadosa de la palabra inspirada no solo ha servido para refutar el ataque en reconciliar los desacuerdos aparentes, sino ha añadido nueva prueba que las Escrituras eran escritas por hombres honestos y sencillos, sin ninguna colusión; y que hay una harmonía perfecta en sus declaraciones, aun cuando aparentemente hay mucho más discorde. Hombres de un intelecto superior podrán hallar un ejercicio util y agradable de sus poderes en investigar aquellas partes de la Biblia que son menos claros; mientras sus verdades más claras son adaptadas á hombres de menos capacidad, y son suficientes para sus necesidades. Aquí hay aguas en las cuales "un cordero podrá andar", y en las cuales "un elefante podrá nadar". Todavía hay otro uso de las obscuridades de la Biblia. Cuando Dios dió una ley á la humanidad, no dió una que era imposible violar, pero una que los hombres como agentes libres podían violar, y en violarla traér ruina á sus almas. Así que, cuando Él dió una revelación a la humanidad, no dió una cual no podían cavilar encontra, sino una cual los hombres podían cavilar, y en cavilar, traér ira sobre ellos mismos. Las obscuridades de la Biblia sirven para este uso; porque la Biblia misma declara que contiene "algunas (cosas) difíciles de entender, las cuales los indoctros e inconstantes tuercen, como también las otras escrituras, para perdicón de sí mismos" (2 Pedro 3:16). Deja aquellos que más bien escogen en cavilar de las obscuridades de la Biblia, en vez de andar en su luz, se pongan a leer esta declaración, y teman y tiemblen.
Las revelaciones contenidas en la Biblia tienen la atestación de los MILAGROS. Es un dictado simple de sentido común que el Dios Todopoderoso, quién creó y gobierna el mundo, puede dirigír sus movimientos com Él escoga. Él ha puesto las leyes de la Naturaleza, y Él puede suspender estas leyes cuando le agrade, y tornar la corriente de las cosas fuera del canal ordinario. Es igualmente claro, que nadie si no el Autor de la Naturaleza puede efectuar tales cambios. Por lo tanto, en consecuencia de eso, que los milagros, si obrados en atestación de una revelación profesando de ser del cielo, estampan sobre ella el sello de Omnipotencia. Personas quienes vieron tales milagros obradas, razonan bien cuando dicen: "Sabemos que has venido de Dios por maestro; porque nadie puede hacer estas señales que tú haces, si no fuere Dios con él" (Juan 3:2).
Aunque los milagros suplieron una prueba más impresiva para aquellos quienes lo vieron con sus propios ojos que a nosotros que lo vemos mediante la luz de la historia, todavía el argumento fundado en ellos es perfectamente conclusiva, aun al tiempo presente. Que Moisés y los profetas, y Cristo y sus apóstoles, hicieron obras verdaderamente milagrosas, es tan bien atestada como cualquier otro hecho antigüo. El carácter de las obras atribuídas a ellos, el número de ellas, las circunstancias en las cuales eran hechas, la ausencia de todo que indicará fraude o falsedad, los padecimeintos por los cuales los testigos demostraron la sinceridad de ellos, la creencia que el testimonio de ellos adquirieron rapidamente e extensivamente, y en el encuentro de la persecución amarga, y la ausencia de todo testimonio al contrario; todas de estas consideraciones obligan la creencia que milagros habían sido obrados, y si obrados, la revelación de la cual atestiguan tiene que ser de Dios. La prueba, aunque sería menos impresiva, no es menos decisiva que hubiera sido si hubieramos visto personalmente los milagros.
Nosotros no estamos endeudados por la evidencia de los milagros a la luz de la historia. Nuestras mentes no necesitan la prueba histórica para satisfacerlas que los pirámides de Egipto habían sido edificadas por el labor y artificio humano. Estamos tan satisfechos de esto como si lo habíamos visto erectados por las manos de los trabajadores. Sabemos que son las obras de hombre porque parecen iguales a otras obras del hombre. Pero aquellos quienes miran a estas estructuras estupendas, puede voltear sus ojos al gran globo debajo de ellos, y igualmente sentirse bien asegurados que no es la obra de hombre. Así que en contemplar un sistema de filosofía o mitología pagana, podemos ser convencidos que es de orígen humana porque llevan las marcas de trabajo del hombre, pero en contemplar la Biblia, y la religión que ha introducido al mundo, podemos estar tan bien asegurados que el orígen de ellas es sobrehumano. Un sistema que está destituído de todo que lo puede recomendar a la mente carnal, y reclamando de ser atestada "con señales y milagros, y diversas maravillas" (Hebreos 2:4), no podía en la ausencia de tales milagros, obtener según a la corriente ordinaria de las cosas, una creencia extensiva y fácil entre la humanidad y ser establecida firmemente en su confianza. La propagación en tales circunstancias tenía que ser milagrosa de si misma. No es importante al argumento presente, que si el milagro fué obrada delante de los ojos de aquel quien recibió la doctrina, o en su mente para inclinarlo a recibirlo. En cada caso, hubo un milagro, una interposición del Poder Divino, y tal una interposición demostró que la doctrina era de Dios.
Las PROFECÍAS que la Biblia contiene, tenían que haber procedido de una presciencia infalible. Esto es probado port el cumplimiento exacto de ellas.
Daniel profetizó á Nabucodonosor, la cabeza soberbia del imperio Babilonio que entonces estaba en su gloria y poder, que éste imperio daría lugar á otros tres que habían de levantarse depués de este. Daniel 2:39,45. Esta sucesión de imperios, el Babilonio, el Medo-Persa, el Griego, y el Romano, son después describidos más plenamente en las profecías de Daniel, juntos con un serie de eventos extendiendose hasta el tiempo presente. Daniel 7:12. Mas que un siglo antes del tiempo de Daniel, el profeta Isaías predijó (Isaías 21:9; 45:1,3) la captura de Babilonia por los Persianos, quienes eran al tiempo de la predicción, una nación obscura y débil. Él profetizó el mero nombre del líder Persa, y la manera de su entrada á la cuidad por las puertas, que por una dirección especial de la Providencia, habían sido descuidadamente dejadas abiertas por los Babilonios en sus festividades ebrios. Otros profetas profetizaron la destrucción y la desolación final de Babilonia (Jeremías 51), y de Nínive (Nahúm 1,3); y la derrota de Tiro antigüo por Nabucodonosor (Ezequiel 26:7,11), y después de Tiro insular por Alejandro (Ezequiel 27:32), y el decaímiento y estado presente de Egipto (Ezequiel 29), una vez la nación más orgullosa. Todas estas profecías habían sido hechas cuando los eventos profetizados no podían ser prescienciados por alguna sagacidad humana; sin imbargo, la historia, y los reportes de viajeros, atestiguan los cumplimientos exactos de ellas. Muchos otros ejemplos de la profecía cumplida pueden ser muy pronto citados.
Las profecías en cúanto á los Judíos son reparables, y nos referimos a ellas con la más satisfacción,, porque probablemente el lector tiene, a algún extento, un conocimiento personal de los hechos predichos. Estas gentes son esparcidos por nuestra nación, y por casi todas las naciones de la tierra. Las sinagogas de ellos, en las cuales se reunen para adorar el Dios de sus padres, son hallados en todas nuestras ciudades principales. Las Escrituras del Antigüo Testamento son leídas regularmente en la adoración publica por ellos, y son considerados con una veneración religiosa como el libro sagrado suyo, recibido de Dios por sus profetas ancianos y transmitido á ellos por sus antepasados. Este libro describe por menor en el lenguaje de profecía, los padecimientos que ellos han experimentado; la preservación maravillosa suya como una gente distinta, a pesar de estos padecimeintos y la condición desparramada de ellos entre las naciones. Otros tribus ancianos cuando esparcidos, se han perdido entre la masa general de la humanidad; pero esta gente después de siglos de dispersión y persecución, todavía permanecen distintos y están delante del mundo como testigos del cumplimiento maravilloso de las profecías con respecto á ellos, pronunciados por sus profetas ancianos.
Las escrituras sagradas de los Judíos no solamente contienen las profecías de la dispersión, padecimeintos, y la preservación maravillosa de esta gente, pero también provee una explicación de estos eventos extraordinarios. Este libro describe una pacto entre esta nación y el Dios a quien ellos adoran, y su historia muestra que ellos repetidamente han violado este pacto, y han padecido la pena amenazada. La historia entera de la nación ilustra los tratamientos de Dios con ellos, de acuerdo con las estipulaciones de este pacto. Una vez antes como un castigo de su infidelidad, fueron arrojados de su tierra a la cautividad por setenta años, no obstante, fueron preservados y restaurados. Las declaraciones proféticas de su libro sagrado, que la dispersión presente de ellos y padecimiento, en la misma manera, en consecuencia de sus crimenes, y la preservación de ellos es en prospecto de otra restauración. Por lo tanto, la condición de ellos parecea esa de un malhechor clavado en la cruz con su acusación escrita arriba de su cabeza; un castigo apto para la nación que ha crucificado el Señor de gloria. Tienen ellos en sus manos el libro que especifica sus delitos y predice sus padecimientos, y ellos proveen en sus personas el espectaculo de estas profecías cumplidas. No solo reclaman que el libro de ellos es divino, pero ellos son la prueba de su divinidad.
Los Judíos también pueden ser hechos testigos del Nuevo Testamento, a cual ellos rechazan, y del Cristianismo, a cual aborrecen. ¿Qué crimen tan grande ha extendido la dispersión y padecimiento de ellos por un tiempo tan largo de dieciocho siglos? El Nuevo Testamento dá la única respuesta satisfactoria a esta pregunta, y la contesta en un acuerdo perfecto con sus propias Escrituras. Ellos han rechazado y crucificado al Rey suyo, el Mesías suyoa quien esperaban ya mucho tiempo, de quién sus profetas habían profetizado. Era profetizado que aparecía antes que el tribu de Judá se hiciera extinto, o que cesaría en mantener un gobierno distinto propio (Génesis 49:10); antes que el segundo templo hubiera de ser destruído (Hagéo 2:7,9); y en 490 años desde el decreto de Ciro para reedificar a Jerusalen (Daniel 9:24-27). A este tiempo Jesucristo apareció, reclamando en ser el Mesías de ellos, y mostrando pruebas muy abundantes de que él venía de Dios; sin imbargo, como sus profetas habían predicho, lo rechazaron, y se unieron con los gobernadores Gentiles para destruírlo (Salmo 2:1,2). Sus propias Escrituras, y la confesión de su odio para Jesucristo, establece completamente el crimen por el cual están padeciendo, y esto se une con el hecho conocido de sus padecimientos para demonstrar que Jesús es el Mesías y el orígen divino del Cristianismo.
El Nuevo Testamento contiene varias profecías que han sido cumplidas exactamente tocante a la destrucción de Jerusalen; las calamidades de los Judíos; la dispersión y preservación de ellos; también tocante a las persecuciones del Cristianismo; su extender por el mundo, y la Apostasía Papal (2 Tesalonicenses 2:3-12; 1 Juan 2:18; 1 Timoteo 4:1-3). Además de estos, contiene profecías todavía no cumplidas, de la conversión de los Gentiles, la restauración de los Judíos, y el estado milenario de la Iglesia. Cuando estos serán cumplidos, la prueba profética que ahora constantemente se acumula, será completa.
En concluír esta indagación breve en el orígen de la Biblia, podemos admirar y adorar la providencia maravillosa de Dios, la cual ha hecho sus enemigos los preservadores y testigos de su revelación. Los Judíos, quienes mataron a los profetas y crucificaron al Hijo de Dios mismo, han preservado y transmitido las Escrituras del Antigüo Testamento, y ahora son testigos al mundo de su orígen divino, y de la verdad de sus profecías. La Iglesia Católica Romana, el gran Anticristo, o el hombre de pecado, borracha con la sangre de los santos, nos ha transmitido las Escrituras del Nuevo Testamento, y ahora nos dá, en la misma manera doble, su testimonio a esta parte del Libro Sagrado. Aún el burlador infiel es hecho un testigo inconsciente. En sus páginas, sus escarnios grandes son predichas, y su corazón corrupto del cual, en vez de un juicio sobrio, proceden estos escarnios, son dibujadas con un exactitud y habilidad cual hablan del Autor divino, el Escudriñador de corazones. La palabra que es "viva y eficaz, y más penetrante que toda espada de dos filos: y que alcanza hasta partir el alma, y aun el espíritu, y las coyunturas y tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón" tiene que ser "la palabra de Dios" (Hebreos 4:12). Aún la lengua repugnante del infiel, como en el caso de Rousseau, es en veces constreñido de hablar su testimonio en voz alta; y en otros tiempos, cuando viene el peligro o la muerte amenaza, su inquietud y terror divulga la verdad, que su roca no es como nuestra roca, él mismo siendo juez. ¡Infiel infeliz! ¿Hay un Dios? ¿Tiene tú un alma inmortal? Hasta que puedas con un atrevimiento sin vacilar contestar NO a ambas preguntas, no eches de tí la Biblia, el Libro de Dios, la Luz de la inmortalidad.
(Continuar con El Orígen Y La Autoridad De La Biblia)